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Sábado, 10 enero 2026
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9 de enero de 2026
ANÁLISIS

Venezuela, Trump y la era de la transparencia brutal

El operativo de Estados Unidos en Caracas, que derivó en la detención de Nicolás Maduro, expone algo más que un giro geopolítico: confirma una nueva forma de ejercer el poder, marcada por la hipervisibilidad, la ausencia de eufemismos y la espectacularización total de la política global

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POR LISANDRO SABANÉS

Aunque las novedades se suceden día a día, comienzan a aparecer algunas certezas sobre el operativo comando de Estados Unidos en Caracas que culminó con la detención y el traslado del presidente Nicolás Maduro y su esposa a una cárcel de Nueva York. Y aunque puedan parecer contradictorias, las dos principales son claras: por un lado, que efectivamente hubo enfrentamientos que le costaron la vida al menos a 32 militares cubanos y 24 venezolanos; por otro, que hubo “traición”, o al menos un acuerdo, de la cúpula chavista con el presidente norteamericano Donald Trump, cuyos alcances aún se desconocen. Esto se visualiza en hechos concretos: el crecimiento de la producción de petróleo venezolano destinado a Estados Unidos, la liberación de presos políticos y la marginación de la oposición local de toda negociación, un apartamiento simbolizado en lo que parece haber sido una trampa: la asistencia norteamericana para la salida del país de la líder opositora María Corina Machado poco antes del ataque.

Aclarados estos puntos, vale la pena abordar el hecho desde otro ángulo. Es tentador pensar que éste y otros episodios que se están dando en el mundo —sobre todo de la mano de Trump II— marcan el inicio de una nueva era global. Así lo sostienen muchos pensadores, políticos, periodistas y también ciudadanos comunes, sin títulos ni tribunas, pero atentos a la realidad internacional. Incluso, hay quienes se animan a afirmar que se estaría cumpliendo la profecía de Samuel Huntington sobre el “Choque de civilizaciones”, que el catedrático norteamericano anticipó tras la caída del bloque socialista, en oposición a la idea del “Fin de la historia” que pregonaba su compatriota y colega Francis Fukuyama.

Creo, sin embargo, que es prudente no aventurarse a realizar definiciones absolutas. Siguiendo el famoso apotegma de aquel funcionario chino que, a fines del siglo XX, consideró que era “muy pronto” para evaluar el Mayo Francés —aunque inicialmente se creyó que se refería a la Revolución Francesa, el ejemplo vale igual—, conviene esperar al menos las elecciones de medio término en Estados Unidos, que se realizarán este año. Allí podría perder el oficialismo (o no), teniendo en cuenta además que Trump no está constitucionalmente habilitado para un nuevo mandato y que, con 80 años, se encuentra ya en tiempo de descuento.

Y es precisamente en este punto donde quiero detenerme. Resulta notable que un anciano sintonice tan bien con el clima de época, cuya marca registrada no son las intervenciones militares de Estados Unidos —la única novedad en ese sentido es que esta vez llegaron a Sudamérica, cuando antes no habían pasado de la vecina Panamá— ni las eventuales traiciones de la plana mayor del chavismo, o de parte de ella, a Maduro. Desde Cayo Bruto hasta aquí, las traiciones han sido siempre el combustible principal e ineludible de los cambios políticos. Lo verdaderamente distintivo es, en cambio, la exposición total y permanente en la que estamos inmersos —al menos en el hemisferio occidental—, con una pérdida casi absoluta de privacidad y decoro que la tecnología y las redes sociales potencian al infinito.



Existe un hilo conductor invisible entre un x que se pelea con la nueva pareja de su ex a través de las historias de Instagram; el relato en vivo de la bailarina Mora Godoy contando cómo engañó a sus parejas solo por “deporte”; los arbitrajes vergonzosos que benefician a Barracas Central, transmitidos en directo para todo el planeta futbolero; el vínculo público del candidato a diputado nacional José Luis Espert –a la postre triunfante, porque su rostro figuraba en la boleta—con un narcotraficante; y, salvando las distancias, la transmisión en vivo de la masacre de mujeres y niños en Gaza y el reconocimiento de Trump de que el operativo de secuestro de Maduro no respondía a la democracia ni mucho menos a los derechos humanos, sino al petróleo.

Esa y otras declaraciones de Trump sobre Venezuela, como así también la humillación a la que sometió por TV al Presidente ucraniano Volodomir Zelensky, pueden analizarse, entiendo, desde la perspectiva del libro La sociedad de la transparencia, del autor coreano Byung-Chul Han. Publicado en 2012, el texto mantiene plena vigencia. Allí, entre otros puntos, Han sostiene que la hipervisibilidad y la exposición total que caracterizan al mundo contemporáneo se convierten en un imperativo que elimina el misterio, la privacidad y los secretos, tanto en el plano cultural y social como en el político. 

Puntualmente, desde lo político, Han critica cómo la transparencia absoluta lleva a una "post-política" tecnocrática, donde no hay espacio para estrategias o debates profundos, sino solo administración fría y control masivo, erosionando la democracia real. Crítico, el filósofo afirma que la transparencia no libera, sino que acelera los mecanismos de control y explotación, y que estamos insertos en una positividad forzada que reduce todo a datos y recursos visibles, sin profundidad.

Aplicado a Trump —y no solo a él sino a otros líderes que buscan imitarlo—, sus statements, abiertos, directos y sin ambigüedades, ejemplifican cómo los intereses geopolíticos y económicos se declaran de manera “pornográfica” (en el sentido haniano de exposición cruda), haciendo visible aquello que en otras épocas se ocultaba bajo capas de diplomacia o eufemismos.

Creo que esta “transparencia” sí constituye una novedad que tal vez podría ser capaz de alumbrar una nueva era, asentada en una ya consolidada espectacularización de la realidad, concepto desarrollado en 1967 en la Sociedad del Espectáculo por Guy Debord, que hablaba de un show vacío que promueve la pasividad, y que hoy parece antiguo frente a la conformación de un escenario político global similar a Gran Hermano: un espacio donde podemos ver a los protagonistas —o al menos a parte de ellos— desplegando sus estrategias, alianzas y acciones, y exponiendo en vivo y en directo sus justificaciones e ideas. No es casual que Trump haya saltado a la fama en su país como conductor de programas de reality.

Es demasiado pronto para saberlo como dijo aquel sabio chino. 

*Licenciado en comunicación social y maestrando en RRII.


 

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